Prof. Dr. Isaac Rivero, en primera persona

Prof. Dr. Isaac Rivero, en primera persona

Soy el Prof. Dr. Isaac Rivero, pionero de la Inmunología en Mendoza, creador del Instituto de Inmunología y ex Decano.

En 1959 yo cursaba el último año de mi carrera de médico en la Universidad Nacional de Cuyo, y efectuaba mi internado de Medicina  interna en la Cátedra de Clínica Médica II. Mi profesor titular era el Dr. Rodolfo Muratorio Posse, destacado docente que pregonaba el humanismo como base de la relación médico-paciente,  los valores éticos como sustrato esencial para la confianza, y la responsabilidad como virtud indispensable del acto médico. El Dr. Muratorio (un gran pionero de la Medicina en Mendoza) alentaba ya entonces el desarrollo de especialistas en las diferentes ramas de la Clínica Médica, e iba eligiendo entre sus alumnos a algunos que intuía podrían cumplir en Mendoza la tarea de promover diferentes áreas de la Clínica aún no desarrolladas, para lo cual nos sugería a cada uno posibles caminos. Él me sugirió la Inmunología clínica como posible área de trabajo. También alentó: para la Cardiología a Elena Tellechea, para la Endocrinología a Enrique Guntsche, para la Reumatología a Raúl Bistué, para la Nefrología a Jorge Cucchi y a Iber Gomez,  para la Genética a Norma Magnelli, para la Diabetología a Fernando Alonso, por citar algunos. Todos ellos se especializaron en el extranjero y la mayoría regresó para desarrollar las respectivas especialidades en Mendoza.

En aquel Instituto tuve la suerte de encontrarme con un ambiente particularmente estimulante. Allí me deslumbró la potente personalidad de Alfredo Lanari, quién hoy da su nombre al Instituto que dirigía. Me asombró la fanática devoción al trabajo de Salvador Zingale y de muchos otros médicos. Allí me expuse a esa atmósfera de ciencia viva, encarnada en todos. Allí hice amigos para siempre. La vida del médico en aquel lugar no dejaba tiempo para otras cosas: dedicación total al estudio y al trabajo, entrega sin límites al paciente, al laboratorio, a los experimentos, a la actualización cautivante y empedernida de la Inmunología; área que iba adquiriendo una expansión insospechada para el conocimiento médico del futuro, tal como me había predicho el Dr. Muratorio.

Después de terminar mi beca interna, en agosto de 1962 me trasladé a Estados Unidos e inicié mis tareas como becario externo del CONICET bajo la dirección del Dr. Stanley Lee, destacado Hematólogo e Inmunólogo del Servicio de Hematología del Maimonides Hospital de Brooklyn, en Nueva York. El Servicio de Hematología tenía un Sector de Inmunología, en el que desarrollé mi trabajo. Allí tuve  oportunidad  de  familiarizarme con  numerosos  tipos de tareas básicas y clínicas de la Inmunología, tanto de laboratorio para el diagnóstico y el seguimiento de la inmunopatología, así como de la asistencia médica y de la investigación. 


Realizaba, además, experimentos de Inmunología básica utilizando inhibidores de la transmisión de los mensajes del código genético, y evaluando sus efectos sobre la respuesta inmune de ratones y cobayos.

Buena parte de aquellos datos constituyeron después el material de mi tesis doctoral, que defendí en 1968 en nuestra Facultad. El tiempo se me iba de las manos entre todo aquello y la necesidad de leer la frondosa bibliografía que crecía asombrosamente. Tuve oportunidad de concurrir a numerosos congresos de Inmunología en diversos lugares de Estados Unidos. Mi época en Maimonides fue una experiencia que recuerdo como una de las más preciosas y prolíficas  de mi vida profesional.

Cuando volví a Buenos Aires fui a visitar al Dr. Lanari en su Instituto y me dijo: “Me alegra que haya regresado. Hay dos cosas que usted debe saber ahora: una es que aquí hay mucho por hacer y lo que usted haga será fundamentalmente el resultado de su propio esfuerzo; otra es que tendrá que aprender a ser feliz con lo que tenga". Reconozco que aquellos fueron consejos sabios, en los que he reflexionado muchas veces. 



Quizás es el momento de reseñar brevemente la historia de la disciplina en esta ciudad. Existían varios médicos alergistas en Mendoza, que trabajaban siguiendo los cánones propios de su especialidad. Uno de los primeros avanzados de la Inmunología en Mendoza fue el Dr. Domingo Giménez, profesor de Microbiología en esta Facultad, que se había formado en el Instituto Pasteur de París. Giménez se había dedicado principalmente al Botulismo y, entre otras cosas,  le interesaban los mecanismos de la respuesta inmune, ya en 1956.  Además, la Dra. Clara Roig de Vargas, profesora adjunta de Histología de esta Facultad, estaba haciendo sus primeros descubrimientos sobre linfocitos en las paredes de la vagina humana y de animales, trabajando con microscopía electrónica. Clara tenía en sus manos espectaculares demostraciones, ya en aquellos primeros años del 60. 

El Dr. Muratorio me ofreció un cargo con dedicación exclusiva para que enseñara lo que había aprendido, y además me asignó un pequeño lugar vacío en el solario del 2º piso del Hospital Central, con el beneplácito de las autoridades del Hospital, para que iniciara allí el laboratorio de Inmunología Clínica. No se realizaban en Mendoza la mayoría de los tests con aplicación diagnóstica para las enfermedades autoinmunes que yo había aprendido. Este fue el primer reto que decidí enfrentar.

Poco después solicité un subsidio a CONICET para comprar aparatos y reactivos y en poco tiempo habíamos obtenido los equipos más necesarios, incluyendo microscopía de fluorescencia, y se había agrandado la Sección para convertirse en un lugar de investigación, de diagnóstico clínico y de laboratorio de diversas enfermedades de la  especialidad.  

En esa época, estoy hablando de 1966, iniciamos el Club de Inmunología. En el Club nos reuníamos los investigadores de las ciencias básicas interesados en la Inmunología y los que trabajábamos con un enfoque clínico, orientado hacia la patología humana. Las actividades del Club duraron varios años y fueron un lugar de encuentro en que se hablaba el mismo léxico, aunque fuera cada vez más enmarañado, y en el que nos comunicábamos el entusiasmo por esta apasionante disciplina. El Club se transformó posteriormente en la Sociedad de Inmunología de Mendoza. Existían en Mendoza, desde muchos años antes, varios médicos alergistas que  constituían  la Sociedad de Alergia e Inmunología de Mendoza.

Por iniciativa del Dr. Domingo Giménez se comenzó a enseñar Inmunología básica, en el cursado de Microbiología, a cargo de uno de los miembros del Club, el Dr. Ricardo Báez.  A la par iniciamos la enseñanza de la Inmunología Clínica, dentro de los cursos de Clínica Médica, cubriendo los principales tópicos de la especialidad.

Desde diciembre de 1966, había conseguido yo otro gran logro de mi vida. Me casé con una admirable mujer, que une a sus encantos femeninos una profunda vocación por las humanidades y las letras. Nuestro matrimonio trajo después el milagroso halago de una hija que, para mayor abundamiento, eligió ser médica. Confieso no haber influido conscientemente en esta decisión vocacional. Una casa llena de amor y libros que se leen o se escriben con pasión ha sido el ámbito donde he vivido las mayores felicidades de mi existencia. 

De esta forma llegamos, con el paso del  tiempo y el esfuerzo de muchos profesionales que fueron acercándose, a ser el Servicio e Instituto de Inmunología de la Facultad y el Hospital, donde pudimos materializar nuestra vocación de docencia de grado, de posgrado, asistencia laboratorial y clínica, y de investigación y extensión. Estos cambios coincidieron con un aumento significativo del espacio asignado dentro del Hospital Central y con un aumento presupuestario, que nos permitió crecer en recursos humanos, en instrumentos técnicos y en reactivos. Nuestra participación en tareas de investigación, que nos permitió presentar numerosos trabajos en congresos locales y extranjeros y hacer varias publicaciones se acompañó de la obtención de subsidios. Se dio entonces además un paso importante en la concreción del ideal de la relación docente-asistencial, como resultado de una tarea muy larga de prestación de servicios a la comunidad desde el ámbito universitario.

Retomando el hilo del trabajo en el Instituto y Servicio de Inmunología, debo señalar que allí encontré una riquísima fuente de oportunidades para encauzar mis más variados intereses: la formación de recursos humanos mediante la docencia de grado y de postgrado; la entrega a los enfermos mediante la atención en laboratorio, en la internación y en la consulta externa; la investigación clínica, en la que realizamos numerosos esfuerzos.

 Debo señalar además que todos teníamos entusiasmo, idealismo, confianza en nosotros mismos y gozábamos de nuestro trabajo. Centrábamos en nuestros alumnos y en nuestros pacientes lo mejor de nuestros intereses y de nuestros esfuerzos. Vivíamos y enseñábamos nuestra Medicina, centrada auténticamente en la relación médico-paciente que se basaba en la entrega del médico y en la confianza del paciente

Existían dificultades e interferencias que frecuentemente reconocíamos, pero nos parecía que lo esencial permanecía como rasgo distintivo: queríamos hacer una medicina para el hombre entero. Intentábamos practicar una medicina científico-personal, que reconocía en el hombre su dignidad intocable, su destino personal dotado de libertad, de conciencia, de responsabilidad, de fe y de esperanza. Nos interesaba en el paciente la influencia de su biografía, de su familia y de su ámbito socio-cultural. Personalmente, he vivido en todos estos años bajo el encantamiento de la Medicina y de la Inmunología. Quise que el encanto de la Medicina nos envolviera a todos.

Todas estas cosas serias se acompañaban, naturalmente, con ocasiones de gran camaradería;  otras de explosión risueña, al compás de algunas caricaturas de Miguel Lisanti, médico con talento de dibujante.

La Dirección del Instituto y del Servicio me obligó a ejercer un liderazgo difícil. Se necesita saber organizar, saber mandar, ejercer el poder con prudencia y justicia. He tratado de hacer estas cosas sin perder el componente afectivo, que aliviana todas las tareas. Quienes no tenemos un talento innato para el ejercicio del poder sufrimos, a veces calladamente, cuando nos toca asumir tareas directivas.

El Instituto cumple las tareas que he descripto anteriormente mediante una subdivisión en áreas, tales como: Laboratorio, Autoinmunidad, Alergia, Histocompatibilidad, Inmunodeficiencias y SIDA. 

Además de la docencia de grado, el personal del Instituto es muy activo en la formación de postgrado. Allí desarrollaron su actividad becarios de CONICET, del Consejo de Investigaciones de la UNCuyo, de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UNCuyo y de otras instituciones. Los médicos residentes de Clínica Médica del Hospital Central y del antiguo Hospital Ferroviario, y los Residentes de Bioquímica, realizaban pasantías por Inmunología. Recibíamos además frecuentemente profesionales que realizaban entrenamiento viniendo de otros hospitales, de otros departamentos de Mendoza o de otras provincias de Cuyo. Se dictaban cursos sistemáticos y se participa continuamente en conferencias sobre Inmunología en cursos o congresos de otras especialidades. Existe una reunión bibliográfica semanal obligatoria para todos los profesionales, fuente permanente de actualización científica. En los últimos años se ha instalado en el Servicio-Instituto la formación de especialistas en Inmunología Clínica a través del sistema del Residencias Médicas. En este caso, tal como corresponde, se trata de Residencias de segundo nivel. Se exige a los ingresantes  tener tres años previos de Residencia en Clínica Médica. Después desarrollan el trabajo de clínica de Inmunología por tres años más

Se ha ejercido además desde el Instituto una tarea de educación para la salud, mediante charlas y difusión para pacientes y para la población sana. Se asesora frecuentemente a entidades sobre cuestiones preventivas y, particularmente en los últimos 20 años, personal del Instituto y Servicio, bajo la dirección del Dr. Víctor Bittar ha estado involucrado como responsable en programas de atención, educación y prevención del SIDA en el nivel provincial.

En 1994 fui  elegido Decano de esta Facultad y abandoné todo otro tipo de tareas. Quedó entonces a cargo de la Jefatura la Dra. Marta Diumenjo, después los Dres. Roberto Vallés, el Dr. Alfredo Gandur y el Dr. Víctor Bittar. Como el Dr. Vallés fue después Decano de la Facultad, retomó la Jefatura al terminar el decanato. 

Deseo agradecer profundamente a quienes, con su trabajo y su entrega virtuosa, han permitido dar a este ámbito del Instituto-Servicio de Inmunología de la Facultad y el Hospital el prestigio de seriedad y responsabilidad que lo caracteriza.

Desde mi jubilación sigo gozando de la Inmunología como saber; diría que continúo bajo su encantamiento. Como leyendo un cuento que nunca termina.

Isaac Rivero, pionero de la Inmunología en Mendoza